Fotografías y texto: Diego J. Casillas Torres
21 July 2026 | Publicado : 13:20 (21/07/2026) | Actualizado: 14:28 (21/07/2026)
La ausencia de calor estos días convierte en un placer trabajar por la mañana a primera hora con la ventana abierta y vistas al campo. La cafetera gorgotea mientras escupe el café en una taza de Miguel Sansón. Mi mente hoy no está en la combinación de ocres y verdes que veo desde mi ventana donde cada mañana juegan dos raposos. No, mi mente hoy inventa palabras y evoca un paisaje que no encaja con el que tengo delante.

Hurdear, tr. Andar determinada distancia por Las Hurdes. Ir de viaje a Las Hurdes. Dicho de una persona o de un animal: Ir andando de un lugar a otro en Las Hurdes.
Hurdir, tr. Preparar un viaje por las Hurdes. Maquinar y disponer cautelosamente un trayecto por un territorio mágico.
Hurdisfrutar, tr. Percibir o gozar Las Hurdes.
Meandrear, intr. Ir a ver meandros por distracción y placer, ya a caballo, en carruaje, etc., ya por agua en una embarcación.
Veandros, tr. Ver y examinar atentamente los meandros.
…
Y así, mientras Merlí se tumba sobre la bandeja de salida de la impresora, junto a la ventana, para observar los pájaros y Passepartout araña un par de horas más a su maltrecho sueño, me pongo a pensar en Las Hurdes que a veces se me antoja como un gran laberinto de tortugas, con sus casitas que parecen caparazones o un enorme puzle en el que los meandros tratan de encajar una y otra vez cada lado de la orilla.

UNA HISTORIA NEGRA DEL SIGLO XX
Hoy es 20 de Junio de 1922. La temperatura supera los 30 grados centígrados en Las Hurdes, un territorio tan desconocido en el Norte de Cáceres limítrofe con la provincia de Salamanca, que ha llamado la atención del Doctor Gregorio Marañón. A sus recién cumplidos 35 años, es toda una autoridad en medicina, padre de la endocrinología en España, pensador, político y una de las figuras más relevantes de su generación (1914). Ha conseguido convencer al monarca Alfonso XIII para realizar un periplo por Las Hurdes conmovido por la información que le cuesta creer: el subdesarrollo de sus habitantes.
Hoy comienza ese viaje que llevará a la comitiva a recorrer unos 150 kilómetros a caballo por una tierra que acumula una leyenda negra desde hace siglos. Sus habitantes sufren, en su mayoría, de cretinismo. Sí, son cretinos, pero en el sentido médico clínico de la palabra. La enfermedad que sufren provoca subdesarrollo físico y discapacidad intelectual. La alimentación es deficitaria y el cretinismo parece ser provocado por la falta de alimento y de determinados aportes como el yodo. Los índices de mortalidad son escandalosos para un país que lucha por situarse a la vanguardia europea.
Esas noticias que maneja Marañón, fueron recogidas hace pocos años por Unamuno. El escritor había puesto su interés y alma en este lugar para conseguir salvarlo de la ignominia y la miseria. Así fundó La Esperanza de Las Hurdes, una sociedad benéfico-religiosa. Hoy, Gregorio Marañón, gran admirador de Unamuno, ha conseguido estar hoy aquí, en Las Mestas, formando parte de ese grupo elitista que desde sus monturas está a punto de comprobar una de las realidades más duras de la Europa del siglo XX.
Llegaron hoy a Casar de Palomero donde pernoctará la comitiva. Mañana continuarán hacia el Mesegal, Caminomorisco, Cambroncino, Vegas de Coria, Rubiado, Nuñomoral, Fragosa y Martilandrán (las alquerías trágicas), Casares de Hurdes, El Cerezal, La Alberca y Las Mestas para regresar a Madrid. Cuatro días que cambiará definitivamente la vida de quienes habitan esta comarca.
El subdesarrollo es demoledor. No hay viviendas que reúnan las condiciones mínimas de habitabilidad de la época (muy por debajo de las actuales). No existen el alcantarillado o el agua corriente, tampoco la electricidad y mucho menos las carreteras. La subsistencia es un verdadero ejercicio de supervivencia. Y el estado físico de l@s hurdan@s es verdaderamente terrible.

Once años después Luis Buñuel plasmaría todo aquello en un metraje que sería criticado por la supuesta teatralización de muchas de sus escenas. En 1999, el propio Buñuel recordaba que: “El pueblo de Martilandrán, uno de los más miserables, se puso a nuestra disposición por un par de cabras que hicimos matar y guisar y veinte grandes panes que comió el pueblo colectivamente, dirigida la comida por el alcalde, tal vez el más hambriento de todos”.
Hace algunos años, alguien de la misma tierra de Buñuel me dijo que los extremeños éramos mendigos miserables. Esa palabra, la de miserable, se me retorció por dentro al más puro y dramático estilo lorquiano. Opté por no responder. Con el paso del tiempo, de los años, después de meditar mil veces mi ausencia de respuesta, he entendido que, incluso quizá entonces, me importa un verdadero pito la opinión que de esta tierra tenga quien no la conoce o no muestre un mínimo interés por conocerla y la sentencia así de alegre y cruelmente. No, Extremadura no es para esas personas, mejor que no vengan jamás. No tienen derecho a recibir el cálido abrazo de una tierra que lo tiene y lo da todo.

EL MOMENTO PRESENTE
Passepartout y yo acabamos de llegar al Hotel Hurdes Reales. Un precioso alojamiento de la Red de Hospederías de Extremadura que presume de sus cuatro estrellas desde lo más alto del Las Mestas. Resulta curioso comprobar que está construido aprovechando la antigua Factoría que Alfonso XIII mandó construir el mismo año de su viaje.
Desde la piscina observo un horizonte vertical en el que las montañas mandan y obligan a la mirada a torcer hacia arriba. El paisaje es un conglomerado apretujado de sierras y montes con acentuados desniveles que conducen, hacia abajo, a riachuelos y ríos de frías aguas. Los pinos lo tapizan prácticamente todo y, de vez en cuando, algunas encinas, alcornoques… un castaño por allí o un madroño por allá. Y en medio de tanta frondosidad las alquerias hoy abandonadas y que Alfonso XIII y sus compañeros de viaje conocieron habitadas: El Moral, Arrofranco, Arrocerezo, La Batuequilla… Otras semiabandonadas pero que hoy mantienen algún habitante anclado como Avellanar que cuando la visité hace siete años tenía 9 habitantes.


Hoy, la infraestructura hotelera es la adecuada para un lugar que no quiere morir de éxito. Para un lugar que, como dije, no es para todo el mundo. No todos los destinos tienen que ser visitados siempre por todas las personas. De ser así terminarían arrasados en pocos años. Creo y defiendo un turismo de goteo controlado que permita vivir dignamente en su lugar de origen a quien no quiera abandonarlo y que, al mismo tiempo, sea disfrute y descanso para quienes se molesten en querer conocerlo.
Nos sentamos a comer en el restaurante de la Hospedería. Siempre que visito una me gusta disfrutar de su cocina. Y Passepartout decide añadir a la comanda algo que no está en la carta pero que la camarera, con toda la amabilidad del mundo, nos asegura que podrán preparar sin problema y con agrado: una ensalada hurdana. No voy a seguir hablando sobre esto porque aún estoy traumatizado en positivo. No veo el momento de comer otra igual.
LAS ESTRELLAS
Hace apenas tres meses que Las Hurdes ha renovado su certificación Starlight. ¿Qué significa esto?. Sencillamente que en este lugar se puede disfrutar de uno de los cielos más limpios que se puedan encontrar, sin contaminación lumínica, con una profundidad que permite disfrutar de un cielo tan oscuro como hermoso.

Hemos dedicado la tarde a descansar empapándonos del aire serrano local, pasear hasta una piscina natural, recorrer el pueblo y, tras cenar, ver las estrellas. El problema es que hoy hay Luna y eso condiciona la observación porque hace desaparecer estrellas. Con todo, el espectáculo es precioso y totalmente recomendable para quienes quieran observar, sentir y disfrutar el firmamento.






EL PAISAJE Y LOS MEANDROS
Nos hemos levantado descansados por un silencio que solo existe en el mundo rural. Además, la robustez del edificio no deja entrar el canto de los pájaros ni el balido de las ovejas. Yo estoy acostumbrado pero siempre pienso que este silencio debe resultar inquietante para alguien acostumbrado al murmullo constante de cualquier ciudad.
Ponemos rumbo al Meandro del Melero, esa gran pieza de puzle gigante que hace que Castilla y León encaje de manera mágica, precisa y bonita con Extremadura. Una hermosura que dibuja el río Alagón para ¿separar o unir?.

Tomamos café en Riomalo de Abajo y disfrutamos unos minutos de las truchas que patrullan el río Alagón que deja al paso una bonita piscina natural. Y como el tiempo apremia para cumplir la hoja de ruta prevista, ponemos rumbo al mirador de La Antigua en coche por una pista de 3,3 kilómetros.


Y arriba, el silencio. La altitud me otorga de nuevo la posibilidad comprobar que el horizonte tiene perspectiva horizontal. Y así, escudriñando esa profundidad, observo el río, el meandro, los cerros, sierras y montes, las montañas más altas al fondo que en ocasiones aparecen nevadas, los caminos, la gente pescando, las huellas del ganado sobre la orilla.... La vista va y vuelve, se detiene aquí para volver allá. Aquí y así pasa una de las porciones de tiempo mejor invertidas de la vida de cualquier ser humano.







El recorrido hacia El Gasco va, casi siempre, acompañado por un río. Primero el Río Ladrillar, que queda en la margen derecha de la carretera, nos lleva hasta cerca del cruce hacia Las Mestas. Continuando por la Ex-204, el Arroyo Huga se va adaptando a la orografia apareciendo y desapareciendo hasta la confluencia con el Arroyo de los Prados que permanece con nosotros hasta que, misteriosamente desaparece. Tan misteriosamente como que un poco más allá, solo que en la margen izquierda, aparece uno nuevo, el Arroyo de Arrolobos que se esfuma en las proximidades de Vegas de Coria. En este lugar, aparece el Río Hurdano que serpentea, junto con la carretera hasta Batuequilla y Rubiaco. De ahí hasta Nuñomoral y Cerezal, donde da el relevo al Malvellido.


"A ca nochi de noviembri, te sueñavas con Martilandrán. Ya avían llegau las nievis, naidi se quería bañal. El Machu Lanúu i las Lamias te querían entallal. Dispierta-mi, has el favol, no me quieru ahogal". Passepartout me cuenta que esta canción se llama Martilandrán y la cantan Inma y Alfonso, del grupo extremeño “Fonal”. Mientras suena la música pasamos junto al Cottolengo, al lado del río Malvellido.

El Río Malvellido ha activado mi animal fotográfico. Llevo años queriendo fotografiar el meandro doble que yo digo que es triple. Mi excitación me obliga a disminuir la velocidad y disfrutar más aún, si cabe, de cada curva, cada piedra, cada árbol. Hay un bonito mirador frente al meandro que ya hasido ocupado por un par de suizos que disparan compulsivamente sus cámaras. Cambio el objetivo por un ojo de pez y me subo a lo más alto que encuentro para coger perspectiva y mi click acompaña al de los suizos y al de Passepartout en una especie de concierto fotográfico internacional.





Reanudamos la marcha. Es el último tramo que llega hasta El Gasco. Y es que aquí la carretera ya no da para más. Fin del trayecto. Es necesario dar media vuelta para regresar.

Este lugar encierra dos cosas que no voy a poder ver hoy: El Volcán de El Gasco y La Meancera. No tengo más remedio que dejarlos para una próxima ruta. Aunque la temperatura no es demasiado alta no me atrevo a hacer esta ruta en verano. Además, la falta de agua es posible que no me ofrezca la mejor vista de la cascada de La Meancera.

Passepartout, literalmente ha saltado del coche nada más aparcar, y ya corretea cuesta arriba avisándome de que tiene que enseñarme algo. Y así, hundimos nuestros pasos en lo más antiguo del pueblo para contemplar, primero, la sincretización arquitectónica en la que, en un mismo edificio, conviven piedra, pizarra, tejas, chapa pegaso, perfiles de aluminio y madera. Después, un grupo de casas, anexas todas, se abren paso monte arriba, para llevarnos casi de vuelta a 1922. Vemos esas antiguas viviendas que, probablemente, fuesen incluso propiedad de los más afortunados de la época y el lugar. Una chapa metálica en la que el óxido comienza a comerse el anuncio de helados que la cubría, sirve de refuerzo para que no se moje la maltrecha madera de una vieja puerta. Busco las jícaras que soportaban los cables de telégrafo y luz, pero no las encuentro en las fachadas. En las casas más antiguas no hay rastro del progreso porque quizá no lo hubo.


Nos sentamos en una piedra a contemplar el paisaje.
Hasta aquí hemos llegado en la aventura Hurdana. Y rompemos el silencio para hablar de este viaje. De cómo otros lo hicieron, en 1922, para marcharse a sus confortables casas y lujosos palacios. Todo lo impresionados, horrorizados e impactados que sus conciencias les permitiesen. Cómo aquél viaje movió conciencias y movilizó recursos. Cómo se consiguió salvar, literalmente, la vida de toda una comarca. Y cómo se mejoraron las condiciones de vida.
Hablamos también de que hoy, quien viene de visita, vuelve a su casa después de haber vivido confortablemente aquí. Y de cómo lo hacen con la única impresión e impacto de haber conocido uno de los reductos naturales más hermosos de toda la Península Ibérica habitado por gentes sanas, nobles, acogedoras y verdaderamente maravillosas.
Gracias a los dioses, nada del rastro de lo que Unamuno, Buñuel, Alfonso XIII, Gregorio Marañón... encontraron. Nada más que el arquitectónico, el de las crónicas y el aprendizaje de que nada debe abandonarse jamás.

