Reportajes

¿De qué color son las grullas? Relato de un Safari a las puertas de casa

Salí de casa armado con una cámara y un teleobjetivo 50-400. Así, sin más. El previsible sigilo no me permitía trípode, ni mochila con más objetivos ni más artilugios. He alimentado la idea de hacer hoy un safari, (fotográfico por supuesto) por la posibilidad de ver grullas, muchas grullas, y el resultado, dos horas después, no puede ser más bonito y menos decepcionante.

A poco más de 30 km de Mérida llego al Embalse de los Canchales. Se construyó entre las poblaciones de La Nava de Santiago y La Garrovilla y aunque tiene una capacidad pequeña (26 hm3) da suficiente para abastecer de agua a algunas poblaciones cercanas y posibilitar el riego agrícola.

 

 

Este remanso del Río Lácara sirve tambien para la pesca de carpas, black base, barbos y lucios y también prácticar senderismo y bicicleta de montaña. Ademas tiene un alto valor ecológico, está declarado Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) y humedal de importancia. Y es que especies como la cigüeñuela, el charrancito común, el ánade azulón o real, la cuchara común, la cerceta, el tarro blanco o varias especies de pato eligieron esta suerte de paraíso de aguas poco profundas y abundante vegetación para nidificar y vivir.

 

 

Y las grullas. Sí, las grullas, esas que me producen especial fascinación y me sumergen en un estado casi hipnótico cada vez que las veo o escucho. Ellas me han traído hasta aquí.

 

 

Inicio el recorrido por la pista que sale justo al lado del aparcamiento en dirección al Aula de Naturaleza. Mi recomendación es que hagas un recorrido a pie por esta zona, hasta donde quieras. El camino rodea el embalse y no tiene pérdida. Puedes avanzar con tu coche un poco más allá y aparcarlo en alguna zona segura o junto a alguno de los miradores de aves que hay pero, en ese caso, por favor, conduce casi al ralentí, sin hacer ruido ni levantar el polvo del camino. No es lugar para rallyes. Actúa como un ninja, sé sigiloso, aparca a la sombra para ser menos visible, usa ropas en tonos verdes o tierra, ármate de prismáticos, no hables alto y recuerda que eres tú quien está en casa de ellas, las aves. Lleva algo de ropa de abrigo porque va a refrescar en breve, agua, algo de picoteo y una linterna por si acaso te sorprende la noche, pero llévate de vuelta todo lo que trajiste.

 

 

Un par de horas más tarde me siento en la orilla sobre un enorme cancho que emerge del agua y empiezo a procesar todo lo visto, y me pregunto: ¿De qué color son las grullas?

A ras de tierra las recuerdo grises de la tonalidad sobria de las piedras y la niebla matinal, azuladas incluso a veces. Pero bajo el fuego del poniente, su plumaje se transforma en un misterio cromático. Creo que son de cobre bruñido cuando los últimos rayos besan sus alas extendidas; o de carbón luminoso cuando recortan su silueta contra el oro líquido del horizonte; y adquieren reflejos de ámbar y plata vieja en la cadencia rítmica de su aleteo. No vuelan solas: llevan prendido en el cuerpo el reflejo de un día que se despide y el presagio de los mundos lejanos hacia donde dirigen su rumbo.

Hay un instante suspendido entre la luz y la sombra en el que el mundo deja de explicarse por la razón y comienza a narrarse a través del color. Es el momento en que el sol, cansado, se disuelve en el horizonte, convirtiendo al cielo en el lienzo de una liturgia milenaria: el vuelo de las grullas al atardecer.

Cuando la tarde declina, la atmósfera abandona sus tonos cotidianos y se viste de una solemnidad melancólica. El oro viejo del ocaso se funde con los violetas profundos de la noche que se avecina, creando una paleta de matices donde el tiempo parece detenerse. En ese escenario de fuego frío y cenizas cálidas, las grullas cruzan el firmamento como una caligrafía ancestral trazada por una mano invisible.? La alquimia del crepúsculo.

 

 

Cada aleteo de una grulla en el atardecer es un verso libre escrito en el cielo. En su marcha acompasada, en formación en V, en esa geometría perfecta que desafía al caos del viento, late una antigua sabiduría de la tierra. Parecen sostener sobre sus alas el peso de la migración y la esperanza del reencuentro.

Las grullas hoy no vuelan hacia el sur; vuelan hacia el fondo de mi memoria, recordándome que todo lo hermoso lleva implícita la conciencia de su propia fugacidad. Los japoneses no aman los cerezos en flor solo porque sean hermosos, sino porque florecen apenas unos días. Su inevitable desaparición es lo que vuelve sublime su belleza.

 

 

Grú, grú, grú…     Su canto ronco y lejano desciende desde las alturas, otras veces desde una cercanía lejana, no hay lamento, sino una afirmación de la existencia. Es un diálogo con el crepúsculo, una música áspera y hermosa que resuena como el eco de un tiempo en el que el hombre aún sabia escuchar a la naturaleza.

Contemplar a las grullas fundirse con la puesta de sol es asistir a la desaparición voluntaria de la forma. A medida que la luz se apaga, las aves se desdibujan, convirtiéndose primero en sombras danzantes y, finalmente, en pura abstracción contra el terciopelo oscuro de la noche.

Pero...

Recapitulemos.

Todo comenzó a última hora de la tarde...

 

 

Después de todo, me pregunto una última cosa: ¿Soy yo quien contempla el vuelo de las grullas, el atardecer y el paisaje, o es el paisaje mismo, a través de sus ojos, el que me contempla a mi?.

En ese crítico momento entiendo que esta tarde, el color de las grullas ha dejado de ser un pigmento para convertirse en un estado del alma.

 

 


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